Los ricos generan más desigualdad que los pobres, vengan de otra provincia o de otro país, independientemente de su acento. Compran viviendas y negocios a precios que desestabilizan el mercado, algo que los pobres, vengan de donde vengan, simplemente no hacen. Y esto afecta directamente a las personas oriundas, a los residentes.
Sin embargo, parece haber una mayor predisposición a facilitarles las cosas a los ricos que a los pobres. Esto es una necedad absoluta. Es la expresión más clara del complejo de inferioridad: dorarle la píldora al amo, creyendo que uno forma parte de su estatus, de su círculo, de su mundo.
Y esto responde a varias causas. Una es la ignorancia, en un grado severo. Otra, la falta absoluta de conciencia. Y otra más, una alarmante cortedad de miras. Es el viejo dicho que algunos partidos convierten en eslogan: pan para hoy, hambre para mañana.
En ese servilismo aparece, además, la gran fórmula que los poderosos —los ricos, los que financian campañas políticas de partidos de derechas— han perfeccionado: construir una narrativa de miedo al pobre. El pobre puede okupar tu vivienda, quitarte el trabajo, robarte tus pertenencias e incluso amenazar a tu familia.
Van de frente, sin complejos. Antes todavía conservaban cierta vergüenza; se escondían o mentían. Ahora ni eso. Y, paradójicamente, esa falta de disimulo parece jugar a su favor: como no se esconden, algunos los perciben como más honestos. Una ilusión, por supuesto, especialmente en un ámbito tan degradado como el de la política contemporánea. Así, subidos a esa cuadriga, se presentan como portadores de la verdad. Toma Moreno, que diría aquel.
Y el pobre, atrapado en ese estado de ánimo, sufre una especie de alucinación inducida: la aspiración de que, trabajando para el rico o cediéndole su espacio, su terreno o su vivienda (porque dentro del servilismo también está venderle la propiedad al rico de turno), algún día podrá pertenecer a esa misma clase social.
Hasta aquí, nada de lo dicho debería resultar nuevo. Todos lo sabemos. Y, sin embargo, seguimos sin actuar. Aquello que La Pasionaria o Pier Paolo Pasolini llamarían conciencia de clase parece haberse evaporado.
Creo que la raíz de esta ausencia de respuesta, de esta resignación ante la servidumbre, está en una clase media —también obrera— a la que le han desmantelado la conciencia política. Las conversaciones sobre política, ya sea en el bar, en el parque o incluso en el Congreso, parecen discusiones futboleras. Han convencido a mucha gente, por activa y por pasiva, de que los políticos —y con ellos la política misma— no sirven para nada.
Y cuando digo que les han convencido, no hablo en abstracto. Hablo del lobby, de las élites, de la oligarquía que controla medios de comunicación y los despachos más poderosos de este país. Actúan movidos por intereses egoístas y depredadores. Funcionan como una suerte de omertà sofisticada: con influencia sobre el poder judicial, la policía y buena parte de la representación política conservadora, moldean la realidad a su conveniencia.
Y esto tiene consecuencias.
La generación de mis padres, los boomers, tenía una conciencia política mucho más viva. Se implicaban sin pensarlo demasiado, incluso arriesgándolo todo. Mi generación, la de los millennials, creció entre la resaca de la OTAN, Sensación de vivir, Melrose Place y la promesa del individualismo como horizonte. En algún punto, algo hizo clic y se fue apagando ese impulso; o, mejor dicho, esa responsabilidad colectiva.
Pero lo de la generación Z es todavía más desconcertante. Las manifestaciones parecen a veces más un pasacalles, y demasiados creadores de contenido en redes restan más de lo que suman, alimentando algoritmos, estadísticas y mecanismos de control que enriquecen precisamente a los dueños de las plataformas que les permiten subir sus vídeos.
Y los hechos son testarudos: hoy hay mucha más riqueza en nuestro país que hace medio siglo, pero está infinitamente peor repartida. Los ricos son mucho más ricos. Y los pobres, muchos más.
Dicho de forma clara y asertiva: la amenaza, los que dañan, los sátrapas, no son los pobres; son los ricos. Los que compran caro, pagan mal y manipulan a su favor. Los que no sienten simpatía alguna por las minorías, salvo cuando pueden aprovecharse de ellas.
Mientras tanto, todavía hay quien aplaude con admiración a Juan Roig, Amancio Ortera, Ana Botín y todo ese escaparate de luces y color. Pero no. Está usted mirando en la dirección equivocada. Y lo peor es que, mientras tanto, se ríen en su cara.
Es el mundo al revés.
Es una burla dantesca, difícil de encajar. Hasta el punto de que podríamos decir que sí, que quizá hemos llegado al final de la historia. Pero no al de Fukuyama. Más bien al de Parásitos.






