Una mesa de máquina de coser antigua completamente restaurada, un microondas que todavía puede calentar muchas tazas de leche, una bola de discoteca preparada para seguir dando guerra… El Centro de Recuperación Creativa de Ibiza trabaja desde 2022 con el objetivo de convertir la reutilización en algo cotidiano e incluso en arte. Pero para eso necesitan ir dando nuevos pasos… como tener una furgoneta operativa.
Ya tienen una: poca electrónica (por decirlo de alguna manera), un motor que aguanta, de esos coches de principios de los 2000 que todavía se construían sin pensar en que hubiera que tirarlos a los pocos años. El problema es que lleva tiempo parada. Ponerla de nuevo en marcha es el primer paso de algo más grande como es crear una red de entidades y comercios de la isla dispuestos a implicarse con el proyecto.
Del vertedero al taller
La asociación, constituida en 2022, lleva desde entonces recuperando material —muebles, electrodomésticos, cerámica, madera, objetos de todo tipo— que de otro modo habría acabado en el vertedero. El primer año, cuenta Christian Sarnelli, promotor del proyecto, se fue prácticamente en burocracia y en hablar con administraciones públicas para intentar encontrar un lugar público para recuperar material. Cuando se dio cuenta de lo complicado que era obtener una respuesta de las instituciones, decidió ponerse en marcha por su cuenta y finalmente encontró un pequeño espacio. Poco a poco y con algunos colaboradores, lograron acondicionarlo y ponerlo en marcha. Cuando por fin lo consiguieron, empezó lo importante.
De fondo, un objetivo más ambicioso: encontrar un espacio mayor, preferentemente público, donde se ubique el futuro centro de recuperación que combine oficios, manualidades, cultura y sostenibilidad, un espacio donde convivan distintas generaciones —Sarnelli imagina, por ejemplo, a jubilados enseñando a los más jóvenes oficios manuales que se están perdiendo—.

Pero mientras llega el gran sueño, siguen trabajando: El año pasado cerraron con 7.000 kilos de ‘basura’ recuperados; este año el objetivo es llegar casi al doble, unos 14.000 kilos. Buena parte de ese material —la mayoría, de hecho— ha salido de la Deixalleria de Cala de Bou, donde Sarnelli trabajaba y desde donde, con permiso legal de la comunidad, apartaba lo que aún podía tener una segunda vida antes de que se perdiera para siempre.
Muebles, pequeños aparatos electrónicos, cerámica, cojines, cubrecamas: en Ibiza, dice Sarnelli, «se tira de todo, y en cantidades que sorprenden a cualquiera que lo vea de cerca».
Cuando alguien compra una casa en la isla y quiere reformarla en diez días, explica, lo más rápido es vaciarlo todo y empezar de cero, así que acaba en el contenedor mobiliario en buen estado, electrodomésticos que funcionan, incluso objetos a estrenar.

Con ese material —y comprando solo la tornillería imprescindible— han levantado el propio almacén construido casi al 99% con piezas recuperadas. La asociación suma unos veinte socios y colaboradores que aportan lo que pueden cuando pueden: el que diseñó el logo, el que hizo la página web, el que echa una mano puntual con vídeo o fotografía y los que están más en el día a día.
Sarnelli es el más implicado e incluso tomó hace poco una decisión difícil: dejar su trabajo en la Deixalleria para dedicarse por completo al proyecto, aunque eso signifique, de momento, recuperar menos material de ese origen concreto.

Una furgoneta y una red por la reutilización
Para seguir creciendo necesitan mover ese material, y ahí entra la campaña «Segunda vida para la furgoneta». La idea, explica Sarnelli, no es pedir una donación puntual, sino construir algo más parecido a un movimiento: desde entidades que se sientan cercanas a los valores de este proyecto a talleres mecánicos que aporten mano de obra, tiendas de recambios de segunda mano o nuevos, ferreterías que cedan materiales, o comercios que presten un pequeño espacio para vender productos ya reacondicionados, identificados con una etiqueta propia que certifica que son ‘Productos conscientes’ y 100% sostenibles.

Bajo estas líneas los diferentes logotipos, creados por Rafarelius Art Ibiza. Identifican el centro, la red de comercios que se sumarían y la etiqueta de los productos reparados y listos para reutilizar.



A cambio, cada negocio implicado podrá lucir una placa distintiva que lo señale como parte de la «Red por la reutilización de Eivissa».
La asociación también publicará online, por primera vez, los productos ya recuperados y reacondicionados —esa mesa de máquina de coser, ese microondas, esa bola de discoteca— con un precio orientativo, para recaudar fondos destinados a la reparación del vehículo. Hasta ahora todo lo recuperado se había reintroducido en el circuito a través del intercambio o el regalo; la venta será el último paso que les faltaba para cerrar el círculo de la economía circular.
La fórmula, insiste, busca sumar a quien ya comparte esos valores, no conseguir un patrocinio con contrapartida publicitaria: no quieren, dice literalmente, «vender el alma» a cambio de que alguien ponga su logo en la furgoneta. Prefieren ir despacio y bien antes que rápido y mal.
«No queremos que sea una petición de ayuda, sino una colaboración: gente que quiera ser parte de un cambio», resume Sarnelli.
Una subvención, una factura y una segunda oportunidad
En paralelo, la asociación sigue tramitando —por segunda vez— una subvención del Consell d’Eivissa. El año pasado la solicitud se resolvió con una ayuda mínima por un problema administrativo: la factura del técnico que reparó parte del material estaba emitida a través de una cooperativa, y la administración no la aceptó, pese a que el trabajo sí se había hecho y pagado.
Este año vuelven a presentarse con más experiencia, mientras ordenan e inventarían el material almacenado y avanzan en un proyecto que debe justificarse en septiembre. Si sale bien, apunta Sarnelli, podrían dar muchos más pasos en firme y consolidar el proyecto.


Mientras ese sueño espera financiación pública, la red de aliados locales —talleres, tiendas, comercios— se plantea como el primer paso real hacia adelante.
Las cinco erres, y una infancia entre Nápoles y la reparación
Sarnelli no habla de esto como un discurso aprendido, sino como algo que lleva dentro desde niño. Criado en Nápoles, llegó a Ibiza en 2002, y dice que en su ciudad natal también se recuperaba mucho, aunque allí fuera más por necesidad que por conciencia ambiental.

De ahí y de sus padres viene su insistencia en las «cinco erres»: reducir el consumo, reparar, reutilizar y rechazar productos de un solo uso o contaminantes, y solo al final, cuando ya no queda otra, reciclar.
Le preocupa, dice, que se haya perdido el valor social de regalar —la ropa que antes pasaba de hermano a primo, la bicicleta que antes se le daba al vecino— y le inquieta especialmente el fast fashion: la ropa que se compra barata y rápida para tirarla a la temporada siguiente. Él mismo reconoce que de joven se gastaba el dinero en ropa; ahora, dice medio en broma, tiene prendas de treinta años que probablemente le durarán el resto de la vida.
Calcula que, si existiera en Ibiza un centro de recuperación a mayor escala —con espacio no solo para muebles y aparatos, sino también para madera, plásticos duros, restos de obra que hoy nadie quiere—, se podría evitar que acabara en el vertedero hasta un 40% de lo que hoy se tira. No es un dato menor en una isla donde la basura va a tener que salir en barco hacia Mallorca para ser incinerada ante el colapso de Ca na Putxa.


Quien quiera sumarse o colaborar con el Centro de Recuperación Creativa de Ibiza puede contactar con la asociación a través de su correo electrónico y su página web.
info@crcibiza.com
www.crcibiza.com
Bajo estas líneas, una secuencia de la recuperación de una mesa de una máquina de coser antigua con un tablón de obra.












