En la actualidad asistimos a una evidente fascistización del discurso político: Meloni, Milei, Trump, Ayuso, Bolsonaro, Le Pen… A veces incluso me sorprendo compartiendo algunas de sus ideas. Y esa constatación me inquieta. Me confunde. Por momentos, me hace perder la ilusión por la política hasta el punto de querer declararme apolítico.
Pero como siempre me rescata la memoria.
La memoria me invita a recordar, por ejemplo, a Montesquieu, cuando señala que la essentia de la aristocracia es el honor y la de la república, la virtud; entendida esta como la entendieron los griegos: compromiso con lo común. Y es Hannah Arendt quien alumbra para comprender mejor la naturaleza del totalitarismo: una maquinaria ideológica que destruye deliberadamente la realidad compartida. Porque el fascismo gobierna mediante el miedo, pero antes necesita quebrar la relación entre los ciudadanos y los hechos.
Arendt explicaba que la ideología totalitaria no pretende describir el mundo, sino sustituirlo. Busca imponer una lógica cerrada que lo explique todo, incluso contra toda evidencia. Cuando eso ocurre, es la mentira quien se disfraza de verdad y deja de ser un recurso ocasional para convertirse en estructura de poder. Así, el fascismo desplaza los hechos y los sustituye por narrativas emocionales, simplificadoras y totalmente irracionales.
Entonces inventa enemigos, simplifica problemas complejos, ofrece culpables fáciles, convierte la frustración social en odio dirigido y fabrica nostalgias por una supuesta grandeza perdida, aunque esa grandeza nunca haya existido tal como se cuenta.
Hay que entender que, cuando una sociedad deja de distinguir entre hechos y propaganda, entre información y manipulación, el terreno queda allanado para el tirano. Y quien controla el relato termina aspirando a controlar también la conciencia.
La mentira fascista no pretende convencer con lógica. Su objetivo no es persuadir racionalmente, sino saturar emocionalmente. Agotar el pensamiento crítico. Erosionar la capacidad de discernimiento mediante una avalancha constante de bulos, fake news, memes y ruido. Lo que busca es que la ciudadanía crea y le basta con que termine exhausta de dudar.
Y ahí reside su peligro más sofisticado: convertir la confusión en herramienta política.
Porque en ese estado de incertidumbre, de fatiga y de racionalidad debilitada, todos nos volvemos más vulnerables a la manipulación.
Hoy, además, este fenómeno no siempre se viste de uniformes ni de gestos explícitamente autoritarios. A menudo se legitima a través de supuestos intelectuales tránsfugas, figuras de prestigio reciclado, apadrinadas por redes de influencia, contactos y ante todo recompensas sustanciales. Voces que han encontrado una inversión fértil en el discurso político sobre las minorías, convertidas con frecuencia en chivos expiatorios y en instrumentos simbólicos para movilizar el miedo, la identidad herida y el resentimiento colectivo.
Tamames, Savater, Soto Ivars, Arcadi Espada —y un aburrido etcétera de quienes han perfeccionado el arte de la desvergüenza— participan, para algunos, de esa escenografía legitimadora: su grandilocuencia se vende como lucidez y sus opiniones como inspiración, cuando no son más que cinismo y desinformación disfrazados de pensamiento independiente.
¿No resulta curioso que algunos de quienes ayer militaban con fervor en Podemos hoy lo hagan en Vox? No porque ambas ideologías sean equivalentes, sino porque a veces lo que permanece no es el contenido de las ideas, sino la forma de adherirse a ellas: la necesidad de pertenecer a un grupúsculo, de simplificar el conflicto político en buenos y malos, de sustituir la duda por dogma y sobre todo el pensamiento por identidad.
No podemos obviar que el fascismo teme a la verdad porque la verdad exige memoria, pensamiento y libertad. Y ningún proyecto político construido sobre obediencia, miedo o fanatismo puede convivir demasiado tiempo con ciudadanos que piensan.






