Fue cuando leí que un exalcalde del Ayuntamiento de Ibiza, Rafa Ruiz, vive con remordimientos por haber sucumbido a amenazas de muerte, amenazas por tratar de reducir la edificabilidad de la urbanización Cas Mut, que en mí surgió una hipótesis: para ser político en Ibiza hace falta ser un poco mafioso. ¿Por qué? Porque estar en las administraciones de Ibiza es exponerse a muchos lobbys, sobornos, coacciones, etcétera etcétera y hay que saber sobrellevarlas. Spoiler: esto implica hacer ‘la vista gorda’, mirar para otro lado y guardar silencio como una estrategia de supervivencia. Claro, es que ocupar un puesto político de responsabilidad en Ibiza es exponerse a muchas entidades que quieren saltarse la ley y que no van a conformarse con una derrota.
Gracias a esta hipótesis de mafiosillos, de pronto pude explicar muchas cosas en Ibiza: construcciones ilegales, impunidad a las macro discotecas, apropiación del puerto de Vila por parte de los mega yates… En definitiva, la sensación de que en esta isla realmente hay quienes vuelan sobre la ley. Los mismos que desde las villas de lujo de la urbanización Cas Mut nos ven a las mayorías desde arriba y a quienes vemos las mayorías desde abajo. Lo que me hace pensar, por otra parte y a modo de analogía, en los Viajes de Gulliver (1726) de Jonathan Swift. Específicamente en los habitantes de Laputa, una isla flotante que sobrevuela el territorio de Balnibarbi, ventaja que les permite dominar a los habitantes del último.
Extrapolado a Ibiza, son las élites millonarias y sus villas sobrevolando —como si de los nuevos señores y señoras todopoderosos se tratara— la cruda realidad de la mayoría ibicenca —de la que dependen— haciendo milagros para tener un techo o, al menos, en su resistencia por permanecer en la isla con dignidad.
Los privilegiados de Ibiza análogos a los habitantes de Laputa viven en sus realidades hedónicas, en el privilegio de tener una vida de ensueño en una isla ‘mágica’. Tienen coches todo terreno enormes y con cierto aire militar o de safari, como si estuvieran en una jungla salvaje donde prevalece la ley del más fuerte. Tienen motos de agua que conducen con imprudencia, estando cerca de arroyar nadadores que buscan su propio descanso en las orillas de las playas. Tienen el dinero para pagar los camiones cisterna que les dé la gana. Acceden a los restaurantes más exclusivos con música alta que incordia a las personas circundantes. Les gusta apropiarse de playas públicas para eventos e intereses privados, bloqueando el acceso al ‘resto’. Sí, estas élites aman hacerse notar, fardar se pudiera decir, imponerse con aires de superioridad por las carreteras, calles e instituciones. Pero lo más inquietante es que, mientras destruyen la isla con sus villas, sus jets, sus coches enormes y sus yates, no cesan de decir cuánto aman este lugar. Cuán mágica les parece la isla, barajando hipótesis que tratan de explicar el por qué de esta magia. Y cuando alguien se mete en su camino, ah, qué sentida es la ofensa: ¿cómo osa alguien poner límites a estos gigantes, a estos nuevos dioses y diosas?
Al resto, a los que habitan la Ibiza análoga a Balnibarbi —ese territorio de abajo, dominado— poco parece quedarles más que observar, con un intento de desapego y distancia que no termina de anular el dolor que se siente adentro. A estos habitantes les queda recular, abandonar sus casas y sus raíces, vender sus veleros, irse. No pueden participar en esta enorme fiesta de élites, pero tampoco pueden encontrar la calma. El ruido llega a todas partes en una isla pequeña y no se puede escapar del aire contaminado que dejan los cruceros y los jets que llegan a manadas cada verano. A estos habitantes de les queda ceder, y en ellos hay además otro sentimiento: la desprotección. ¿Quién le parará los pies a estos de arriba? Parece que no hay nadie. Nadie cuando los espacios públicos devienen escaparates de las élites o desaparecen directamente.
Ya lo decía Joan Lluís Ferrer en 2015, en su libro Ibiza, la isla de los ricos. Aquí se lleva cuajando desde hace años un plan para atraer a los más insolentes: los millonarios. Mientras tanto, los de Ibiza-Balnibarbi tienen que aguantar, no solo su asfixia material, si no la insolencia y el desprecio hacia ellos que es latente en esta nueva horda de habitantes. Pero hay más, porque entre los de Ibiza-Balnibarbi también hay, como es natural, debates y desacuerdos. Parece que algunos más aventajados han encontrado la forma de beneficiarse de las élites, y cuando oyen hablar de estos asuntos les restan importancia como si estuvieran cansados ya de tanta queja. Este grupo más privilegiado intenta convencer a los que no tienen nada que ganar de que, en el fondo, todo lo que está sucediendo es favorable y de que no hay alternativa. Como si el único modelo viable de economía en esta isla fuera entregarla a las manos destructoras de la avaricia.
Sin embargo, los que no tienen nada que ganar huelen un problema sistémico y que el asunto está difícil con muchas probabilidades de que incluso vaya a peor. Por eso, el modus operandi se vuelve una forma de cuidarse, de protegerse de la locura y de luchar día a día para seguir adelante – algo totalmente necesario y más en la realidad actual.
En fin, no estoy diciendo nada que no se haya dicho antes. Ibiza ha terminado por ser un espejo de la realidad social y económica del planeta, una suerte de Black Mirror donde se escenifican los nuevos radicales de desigualdad social. Tal y como apuntan los últimos estudios, la brecha entre los más ricos y los más pobres se está agrandando velozmente estos últimos años. En Ibiza está pasando exactamente esto: mientras se expande el terreno de lujo, personas trabajadoras y familias que vivían en sus casas han tenido que mudarse a roulottes aparcadas en descampados, en una suerte de nueva vida nómada, alejada de cualquier idea de dignidad y seguridad conocidas.
A todo esto y para concluir, me pregunto si hay esperanza. Cuando busco la esperanza, la encuentro en las agricultoras y los agricultores, en las personas que cuidan y miman la naturaleza isleña, en quienes respetan a sus vecinas y vecinos, en las voces disidentes que todavía resuenan en la isla, en los colectivos esparcidos que denuncian las injusticias. Porque una situación de límite como la que se vive puede dejar sin palabras a nuestra Ibiza-Balnibarbi. Precisamente por eso, encuentro necesario que esta Ibiza no deje de encontrar las palabras, las analogías, las conversaciones y el apoyo mutuo.
Y los políticos, que han quedado un poco mal parados en mi hipótesis, tal vez podrán beneficiarse de un colectivo que presiona un poco más y que les haga poder darles una excusilla a esos lobbys avariciosos que dice: ‘me encantaría aceptar tu soborno pero la opinión pública no va a permitir esto que propones’.
Queridas y queridos, la balanza está ahora del lado de las élites, pero el peso de las mayorías está en nuestra Ibiza-Balnibarbi. ¿Qué podemos hacer si no perdemos la esperanza?






