Ante el famoso eclipse podría tirar del panfleto politizado, cargado de axiomas acusatorios. De eso ya está infectado todo el cuerpo mediático. También podría refugiarme en el ruido esotérico del ascendente en Leo, la muerte del héroe, la Luna reordenando el inconsciente y el Sol convertido en ego. Movidas que empiezan a sonar peligrosamente a Pixar. Prefiero tirar de otro hilo, una idea que me viene sin previo aviso, que me atraviesa y me da que pensar.
Los astros son puntuales. Siniestramente puntuales.
Podemos saber con cien años de antelación a qué hora la Luna se colocará delante del Sol y dejará una tarde de agosto a oscuras. Pero no tenemos ni idea de si mañana, a las 17:32, un pájaro se posará en la rama del árbol que tenemos enfrente. A mí esa diferencia me parece fascinante.
Sobre todo porque el tiempo, nuestro tiempo, viene de arriba. Miramos hacia arriba, vimos que ciertas cosas regresaban con una puntualidad extraordinaria y empezamos a contar. El cielo nos enseñó la hora.
Aquí abajo la cosa cambia. Sabemos cuándo empieza el verano, pero una tormenta se adelanta, un árbol se retrasa, un animal cambia de recorrido y el pájaro de las 17:32 termina tres ramas más abajo. O no aparece. No es que la naturaleza no tenga orden. Seguramente tiene demasiado. Tantas variables relacionándose al mismo tiempo que nosotros, incapaces de seguirlas, hemos terminado inventando una palabra bastante útil para el agujero: azar.

Porque el azar es curioso. Está presente bajo forma de ausencia. No lo vemos. Vemos lo que deja. Y cuanto más te acercas, peor. Desde un satélite, un bosque es una mancha verde. Te metes dentro y aquello son raíces, humedad, insectos, competencia, reproducción, muerte, millones de organismos interfiriendo unos con otros. Desde lejos, orden. De cerca, relaciones.
Y si sigues acercándote, tampoco parece que al final te espere la tranquilidad. La física del siglo XX se encargó de estropear también esa fantasía. Heisenberg puso límites a la precisión con la que podemos conocer simultáneamente ciertas magnitudes. Pensábamos que la incertidumbre era un defecto nuestro, una especie de miopía provisional que terminaríamos corrigiendo con mejores instrumentos. Y resulta que no era tan sencillo. El mundo, en el fondo del fondo, tampoco parecía tener demasiado interés en comportarse como esperábamos.
Luego estamos nosotros. Miles de millones de neuronas que no tienen la menor idea de quién demonios somos y, juntas, producen a alguien capaz de decir “yo”. Eso ya es suficientemente raro. Pero ese yo hace algo todavía más extraño: sabe que mañana existe. No sabe qué va a ocurrir, pero sabe que llegará.
Ahí creo que empieza una parte importante de nuestra historia. Un animal capaz de imaginar el futuro y condenado a no conocerlo. Tiene que haber algo psicológicamente explosivo en eso. Quizá buena parte de lo que llamamos civilización no sea más que una larguísima negociación con esa incertidumbre. Calendarios, relojes, mapas, estadísticas, seguros, rutinas, instituciones. Cada cosa poniendo límite alrededor de lo desconocido. Siempre el mismo telos: conseguir que mañana sea un poco menos mañana.
Por eso repetimos. Nos levantamos a la misma hora, tomamos café en la misma taza, recorremos las mismas calles, llamamos hogar a un sitio determinado y nosotros mismos a una colección bastante estable de costumbres. Reducimos posibilidades para poder vivir. Y después nos aburrimos. Somos una especie curiosa.
Internet lleva todo esto a un lugar bastante más extraño. Millones de personas buscando, comprando, mirando, deseando, follando, odiando, escuchando canciones, desplazando un dedo por una pantalla. Decisiones aparentemente individuales que, juntas, empiezan a producir comportamientos que nadie ha decidido. Memes, tendencias, pánicos, lenguajes, deseos. Emergencia.
Una hormiga no comprende el hormiguero. Una neurona no comprende la conciencia. Y sospecho que ningún usuario comprende realmente Internet. No digo que Internet sea consciente. Eso nos devolvería inmediatamente al departamento esotérico del principio, a Pixar. Pero hemos construido algo cuyo comportamiento empieza a exceder las intenciones individuales de quienes lo formamos. Y nosotros estamos dentro.
Y entonces volvemos al eclipse.
Durante unos minutos el Sol, probablemente la cosa más familiar que existe, se vuelve extraño. Se hace de noche cuando no toca. Entonces lo familiar se vuelve extraño y aparece lo siniestro. El caos resplandece bajo el velo del orden. Siempre queda algo. Una distancia mínima entre lo que sabemos y lo que nos supera.
Lo sublime.






