Todavía hoy, todas las ciudades y pueblos aspiran a parecerse a una ficción mala norteamericana de Nueva York, California o Las Vegas. Se trata de una imitación estética y moral en la que cada barrio pretende parecer el decorado de una serie producida para HBO o Netflix. Los bares, los restaurantes, las tiendas de ropa o de muebles reproducen el mismo gesto estético: café y smoothie en vaso para llevar, lámparas de esparto boho, bombillas globo doradas, cemento pulido, plantas tropicales de interior y una higiene estética de clínica aplicada indistintamente a una zapatería, una coctelería o una tienda de lencería. Da igual si entras en una boutique, una barbería o un restaurante de autor: “todo posee esa esencia impersonal de Apple Store”.
La cocaína en el baño. La ducha en estuco. El bótox como impugnación química de las leyes del tiempo. La vida convertida en videoclip permanente. El pensamiento reducido a frases axiomáticas en Instagram, donde Séneca parece un coach financiero de Miami. La antigua construcción del carácter sustituida por la administración pública de la autoestima. Y, mientras tanto, una humanidad acomplejada por decreto: demasiado gorda, demasiado baja, demasiado morena, demasiado pobre, demasiado peluda. Nunca suficientemente joven, blanca, flaca o interesante para el escaparate universal.
Incluso la enfermedad ha sido absorbida por el mercado y convertida en moda mainstream. La comida de hospital y la terapia se erigen como los últimos fetiches existencialistas de una época incapaz de soportar el silencio o la incertidumbre sin una sobredosis de kombucha. Se puede suponer que vivimos bajo una sentimentalización de la fragilidad.
Y así, cuando todos los barrios quieren ser Manhattan y Beverly Hills, aparece ese triángulo de amor bizarro con el que se fabrica una representación oxidada de lo auténtico. Locales con nombres asiáticos, nostalgia prefabricada en posts de redes sociales y un TPV siempre ansioso por monetizar cualquier simulacro de autenticidad. Franquicias emocionales: bares, restaurantes y tiendas sonando como un estribillo mediocre repetido hasta la náusea, como cualquiera de Bad Bunny. Y, en la sobremesa, el catecismo contemporáneo —eso que llaman wokismo—, una mezcla de puritanismo y espectáculo moral que pretende regular no solo lo que haces, sino también lo que deseas, piensas o ironizas.
Todo transmite la sensación de vivir como Truman Burbank. Es decir, dentro de un trastorno psicológico de tipo delirante, en el que la persona cree que su vida es un reality show, una obra de teatro o un montaje donde ella es la protagonista. Como si en cualquier momento alguien fuese a gritar: «¡Corten!». Pero, la verdad sea dicha, no hay escena ni director. Lo que hay es una civilización intentando disimular su vacío con pachulí de Yves Saint Laurent, diseño escandinavo, espiritualidad low cost y los ocho apellidos del neoliberalismo tardío: resiliente, sostenible, local, artesanal, de autor, experiencial, orgánico y consciente.
Somos simulacros de actores de Jolibud, a veces peores, otras mejores.
Y, aunque me cuesta un poco admitirlo, ni este texto escapa a esa ansiedad ni a ese mismo exceso de conciencia.






